En cuanto Jenna puso un pie en ese sitio supo que el dinero abundaba, se sintió muy feliz por Emma, ahora su amiga llevaria una vida cómoda y sin carencias. Una de las sirvientas le condujo escaleras arriba hasta la habitación de Emma; una puerta amplia de roble tallada estaba ante ella.
—Emma, amiga, soy yo—Jenna tocó suavemente la puerta para no molestarla.
—¿Jenna?—la voz de Emma era apenas un susurro. No podía ser, su mente, debía estarle jugando una mala pasada; Jenna no podía estar allí,