Su garganta se movía, apenas contenía el impulso que se acumulaba por completo en su cuerpo.
Desde que estuvo con Isabella, Herman siempre perdía el control frente a ella.
Esta sensación adictiva estaba a punto de superarlo totalmente.
Herman la miraba fijamente, sus dedos presionaban con suavidad la comisura de sus labios. —¿Puedo besarte?
Isabella se quedó boquiabierta de sorpresa, incapaz de decir una sola palabra. Su corazón casi se detuvo ante esas palabras de Herman.
Las profundas miradas