Esa pregunta retumbó en la mente de Majo, las palabras de Sebastián quizas eran ciertas, y Arismendi era un narco, aunque jamás se le había comprobado nada.
—Claro que me quiero casar contigo —expresó, pero ella notó que su voz no se notaba firme, si tenía dudas de Salvador, también de Sebas, sacudió su cabeza—, tienes razón, no debí hacer tratos con ese hombre, no volverá a ocurrir, aprendí la lección, ahora solo me enfocaré en lo que importa, mi boda.
Sebastián dejó salir el aire que estaba