Amarte es mi condena. Cap. 2: ¡Debo protegerla!
En la actualidad:
Salvador Arismendi llegó a casa y pensó en una sola cosa: Proteger a Majo, así fuera en contra de su voluntad, entró a su residencia enfurecido.
—¡Brenda! —gritó con tanta fuerza que su voz retumbó en las paredes e hizo eco.
La mujer apareció agitada, llegó casi corriendo al gran salón.
—¡Estás despedida!
—¿Qué? —la mujer abrió sus labios sorprendida, sintió un escalofrío recorrer su piel—, es una broma, ¿cierto?
—¡No! —gritó Arismendi—, no es ninguna broma, tú enviaste ese