Dormí solo por cansancio, pero no porque mi mente me dejase tranquila. En algún momento de la noche él se giró y me abrazó. Ni ese gesto logró calmar mi paranoica mente.
Así que cuando despertó las ganas por preguntarle eran más fuertes que cualquier otra cosa.
—¿Tienes mucho tiempo despierta?—murmuró acercándose hasta mí.
—Algo.
Mis músculos estaban tensos y tuvo que notarlo cuando intentó, como siempre, moverme a su antojo para abrazarme.
—¿Estás bien?.
No, no lo estoy, ¿Quién coño es Lisa?.