El momento del encuentro había llegado y yo estaba paralizada en el lugar.
La entrada de la sala en la que Alexander tendría que contarme todo, en la tendría que contarme la verdad, su verdad, de lo que había sucedido.
Mi abuelo me había acompañado, pero insistió en que él no quería escucharlo. No lo necesitaba, en la vida, había vivido de primera mano lo que había sucedido a su nieta y no tenía fuerzas para seguir rememorando aquellos tristes recuerdos. Así que me esperaba afuera de la sala.