El abuelo notó de inmediato que algo había pasado. Caminó hacia mí y, con cuidado, recogió las fotografías del suelo. Las observó detalladamente. Yo me quedé ahí, paralizada, observándolo. Su expresión no cambió; permaneció serio, imperturbable.
— ¿Qué es esto? — pregunté con rabia, con una sensación agobiante en el pecho — . Abuelo, por favor, dime qué está pasando — le pedí, aunque sabía que él no tenía la respuesta.
— No lo sé — me dijo — ¿Él es Alexander? — preguntó mi abuelo.
Nunca