42| Alex.

De repente, sentí como si la gravedad ya no me atara al suelo, como si mi cuerpo no pesara más que una pluma arrastrada por el viento.

Me recosté en la pared, preso del dolor. La fotografía de mi pequeño hijo, sentado en la parte trasera de un auto, con los ojos acuosos y el gesto asustado me atormentó, se veía sano. Estaba bien, pero estaba secuestrado.

Apreté los puños con tanta fuerza que la pantalla de mi teléfono se puso blanca y la imagen se perdió. Traté de entrar nuevamente al chat, p
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