Hugo, siendo el hombre inteligente que es, no necesitó más explicaciones.
Su cara pasó por una serie de emociones: incredulidad, revelación, shock.
Fue un espectáculo.
En ese momento, sentí una satisfacción indescriptible, una especie de justicia.
Hugo se puso nervioso y se agarró a las barras, con los ojos inyectados en sangre. —¡Sofía, estás mintiendo! ¡Estás mintiendo, maldita sea! ¡Juana no pudo haberme usado así!
Los guardias intervinieron de inmediato, ordenándole que se calmara y se senta