Ese día, justo me habían quitado los puntos de la herida en la cabeza y el médico dijo que podía irme a casa, con la condición de volver para chequeos regulares.
Diana estaba ayudándome a empacar cuando Lya entró con un ramo de girasoles en una mano y un maletín en la otra.
—¿Señorita Rodríguez, ya se va?
—Sí —asentí—, si me quedo más tiempo aquí, me voy a pudrir.
—Perfecto, ¡feliz salida del hospital! —Lya me pasó los girasoles con una sonrisa.
—Genial, las llevaré a casa. —Acepté las flores—.