Ricardo Jaime me miró fijamente a los ojos. Su mirada era fría e intimidante. Sus cristalinos ojos grises apenas dejaban ver las dimensiones de sus pupilas, lo que me causaba calosfríos. Ricardo no bromeaba sobre su amenaza de evitar que se presentara algún malentendido entre Christopher King y mi presencia en su casa. Entonces, comprendí que mi papel en la vida de Christopher King solo sería de amistad, y una amistad muy distante. Con las mejillas ruborizadas, y con el corazón roto, tuve qu