El día que regresé a la oficina, el ambiente estaba enrarecido; sentí miradas de desprecio y me sentía muy mal al estar así.
Era difícil caminar por esos pasillos de porcelana y respirar sin sentir miedo de que alguien me dijera algo ofensivo.
Los minutos pasaron y traté de calmarme; tan solo llevaba media hora en mi puesto de trabajo. Pensé que tal vez eran impresiones mías; sin embargo, noté que ninguno de mis compañeros de trabajo me escribió para decirme nada. Yo dependía de lo que ellos hi