Habían pasado 8 meses desde que Patrick me había puesto ese anillo en el dedo y me había pedido matrimonio.
Nos habíamos casado, había sido una gran boda, a pasar de no conocer a muchos, había cumplido mi sueño, había junto a mí padres llevado a cabo toda la preparación, todo tal cual un día había soñado, me alegraba el equipo que mis padres y mi esposo habían formado, porque sí, ya lo podía llamar mi esposo, lo era.
Nuestros gemelos cada vez crecía más y aunque no podía negar que teníamos un