Antonella revolvió el contenido de la olla una última vez y apagó la cocina. Sirvió el líquido humeante en una taza y se sentó frente a la isla. Tomó su taza con ambas manos y se la acercó a los labios. Cerró los ojos e inhaló profundamente, dejando que el familiar aroma del chocolate caliente le diera algo de consuelo. Llevaba horas dando vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño, cuando finalmente se rindió y decidió levantarse.
—¿No puedes dormir? —La voz de su hermana la sobresaltó.