Al segundo día en el hospital, los socios de la empresa no paraban de llamar al teléfono de mi madre, María.
Uno tras otro, amenazaban con ir al hospital si no se resolvía la situación de la compañía. Al principio respondía las llamadas, pero solo escuchaba quejas y maldiciones, así que poco a poco dejé de contestar.
El constante zumbido del teléfono me adormecía la mano, mientras el médico, con el ceño fruncido, negaba con la cabeza: —La condición de la paciente ha empeorado. Actualmente, n