En mi segundo año en la universidad, empecé a acompañar a mis instructores en pequeñas misiones de campo.
Durante disputas territoriales, seguíamos a los guerreros hacia lo profundo del bosque, adentrándonos en zonas remotas.
Las condiciones eran durísimas. Dormíamos al aire libre, comíamos lo que podíamos y soportábamos largas jornadas de marcha. Muchos estudiantes no lo aguantaban y se quejaban sin parar, suplicando volver a casa.
Pero yo completé cada tarea con calma. Nunca me quejé ni fui ex