Luego, le cogió la mano y le dio un beso en el dorso de la mano.
Las pupilas de Clara se contrajeron, sus orejas se pusieron rojas más allá de las palabras, y por un momento se olvidó de retirar la mano.
—Lo siento, todo es culpa mía, soy yo quien habla demasiadas tonterías. Por favor, señorita Pérez perdóneme esta vez, ¿de acuerdo? —Alejandro frunció ligeramente sus hermosas cejas, mirándola profundamente a los ojos, que estaban húmedos, llenos de sinceras disculpas.
¡Oh, Dios mío! ¿Seguía sien