Alejandro acarició suavemente la barbilla de Clara y sus delgados labios se posaron en los suyos, disolviendo el rubor de carmín que lo atraía.
Su beso ardiente y lujurioso pintaba el contorno de sus labios, saboreando esa incomparable belleza.
Se entregaron a un beso apasionado, retirándose justo antes de que la pasión los consumiera por completo sin retorno, en una perfecta armonía.
Alejandro contempló el bello rostro sonrosado de la joven y los labios húmedos y sonrió satisfecho:
—Ahora, eres