En ese momento, sentada en silencio mientras escuchaba a mi madre, sentí cómo cada palabra de elogio hacia Samuel era como una puñalada en mi corazón. Cuanto más hablaba ella de sus virtudes y logros, más profundo se hundía el cuchillo de la decepción en mi pecho.
Soy una persona común y corriente, con anhelos y necesidades como cualquier otra. También deseo, con toda mi alma, que mi madre me quiera, que me vea con los mismos ojos de admiración con los que mira a Samuel. Pero la cruda realidad e