Me quedé congelada por una fracción de segundo, sintiendo cómo toda la sangre abandonaba mi rostro. Sin decir una sola palabra, recogí la bufanda que se me había caído al suelo, giré sobre mis talones y corrí de vuelta al interior del baño. Mis manos temblaban tan violentamente que me tomó tres intentos agonizantes deslizar el pesado cerrojo metálico en su lugar y encerrarme de forma segura dentro del estrecho cubículo.
Apoyé la espalda contra la puerta cerrada, con el pecho subiendo y bajando