de Elara
Damon dio otro paso atrás.
Ya no sonreía. Ahora parecía confundido. Casi nervioso.
Yo también lo sentía. Esa calidez en mi pecho seguía ahí, extendiéndose lentamente por mi cuerpo, como una energía silenciosa bajo mi piel. No lo entendía. Pero sabía que venía de mí.
El campo de entrenamiento quedó en silencio. Los guerreros que hace un momento estaban peleando se detuvieron. Todos miraban. Me miraban a mí.
Damon se aclaró la garganta e intentó reírse.
—Supongo que la Luna no sabe acep