Al acercarse a la entrada, uno de los guardias se interpuso, firme.
—Señor Castillo, su entrada ha sido negada —dijo el hombre con voz tensa.
Alejandro se detuvo, lo miró de arriba abajo. Un destello de incredulidad y furia recorrieron sus ojos.
—¿Qué estupidez es esta? —gruñó, su voz gélida cortando el murmullo del lobby—. Yo soy el dueño de este edificio. ¿Cómo se atreve a impedirme entrar a mi empresa?
El guardia tragó saliva, firme pero nervioso:
—Lo siento, señor, son órdenes de la preside