Zachary dejó de resistirse de la manera en que lo había hecho durante su primer día de cautiverio. Ya no desperdiciaba energía lanzando amenazas contra los guardias ni exigiendo el respeto que merecía como Alfa.
Las protestas cesaron, no porque hubiera aceptado su destino, sino porque sabía que era en vano.
Aquella segunda noche tampoco consiguió dormir. Permaneció sentado contra uno de los muros de piedra, con la mirada perdida, mientras su mente recorría una y otra vez las mismas preocupacion