Rafael:
—¡Buenas tardes, Rafa! Es que acaso no me vas a saludar —me reprochó Mirelys, mirando a los trillizos, quienes estaban de espalda a esta. Ella me abrazó por la cintura, pegándose a mi cuerpo como si fuera mi mujer.
No imaginé que Mirelys se atreviera a tanto, menos delante de mis visitas. Me había propuesto no permitir que ella viera a los niños, al igual que mi madre, pero lamentablemente ya estaba aquí.
Así que traté de convencerla para que saliera del lugar y que no tuviese conta