—Alfa Elian, ¿qué se suponía que era eso? —pregunté, girándome para mirarlo.
Condujimos hasta una carretera abandonada, estacionamos nuestros autos y salimos a hablar.
Dos de mis hijas se quedaron dentro del auto de Baxter, jugando canciones o juegos en sus tabletas.
Podía notar que mis hijas todavía no se abrían a Elisa. Por eso la habíamos sentado en el auto de Elian. Lo odiaba, pero era necesario por ahora.
No podía obligarlos a dejar de tener miedo.
—¿Qué? Te ayudé —respondió Elian, burlánd