— Supongo que se demorará— el lobo se alejó de la ventana mientras observaba a la pequeña dibujando en la sala de aquella casa—. ¿Todo bien ahí, cariño?
Amaya sonrió antes de volver a su dibujo. El alfa, por su parte, caminó hacia la cocina y, después de remangar su camisa, se encargó de preparar la cena. Si Raquel volviera, tendría que darle de comer y, para ser absolutamente sincero con él mismo, aquello le gustaba.
Había pasado casi toda su infancia viendo a su madre preparar la comida, lueg