Llegaron a Filipinas e inmediatamente les recibió el ardiente resplandor del sol. Cuando salieron del aeropuerto, la camisa clara de Patrick ya estaba empapada en sudor y su cara se había enrojecido, tanto por el calor como por su enfado con su nueva esposa, que por cierto estaba disfrutando de cada ángulo de su cara contorsionada.
— ¿No tienes quién te lleve?— , preguntó incrédulo cuando ella le dijo que tenían que coger un taxi.
— No— , contestó ella, inclinando la cabeza para buscar a algún