Capítulo ciento diez: Terminando con calma.
Cuando Luisa por fin salió del baño, yo ya estaba acostado, ella se metió en la cama sin apuro alguno,
— ¿Estás dormido? — me preguntó, acercándose a mí,
— Puede ser— le respondí, mientras ella quiso besarme; pero me negué,
— ¿Y ahora qué te pasa? — me preguntó alterada,
— Nada, solo tengo sueño.
Me giré en la cama; dándole la espalda, ella ofendida apagó la luz. La escuché resoplar un largo rato hasta quedarme dormido.
Al día siguiente, me levanté temprano. Luego de tomar un café, S