Rosa…
En cuanto llegué a casa, deslicé mi espalda contra la puerta hasta caer al suelo y empecé a llorar. Los sollozos me desgarraban mientras pensaba en lo que acababa de pasar. ¿Cómo pude ser tan tonta? Debería haberlo sabido.
“¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿Qué he hecho en esta vida para merecer esto?”, grité a mi apartamento vacío.
Pensé que teníamos algo especial. Creía que me amaba, pero todo era mentira. ¿Dijo eso para acostarse conmigo?
Esta vez fue mucho peor que cuando Armando me pidió el