Ángel frunció el ceño, pero su mirada seguía fija en mí, sin apartarse.
—¿Y qué propones que hagamos?
—Ve a cambiarte de ropa —Ángel me tomó suavemente del brazo, llevándome a un rincón apartado, y continuó en voz baja—: Camila, eres dos años mayor que Mariana, sé comprensiva con ella.
Aparté su mano y sonreí.
—¿Y si te digo que no quiero?
Ángel primero se sorprendió, luego soltó una risa breve: —¿Con qué derecho me dices que no quieres?
—Pues simplemente no quiero.
—Si no quieres, entonces term