De repente sentí un zumbido repentino en mis oídos. Mi cuerpo, ya derretido por sus besos, se calentó aún más. Apenas podía creer que esas palabras hubieran salido de la boca de Sebastián. Mis orejas debían estar completamente rojas, y mi nuca ardía intensamente. Cuando intenté apartarlo con la mano, Sebastián inclinó la cabeza y depositó un suave beso en el lóbulo de mi oreja.
—Están regresando —murmuró.
Me sobresalté y miré por la ventana donde Ángel y Mariana se acercaban entre risas. Rápidam