"Jodeeeer", gimió él, quedándose quieto un momento, dejándome acomodar. Su polla palpitaba dentro de mí, gruesa y pesada, estirando mis paredes al límite.
Cada vena, cada relieve raspaba contra mi carne sensible mientras mi coño aleteaba a su alrededor, intentando amoldarse a semejante tamaño. Quemaba de la mejor manera, esa deliciosa mezcla de presión y placer que me hacía encoger los dedos de los pies.
"Tan puta madre estrecha", gruñó Richard, con voz baja y carraspera, justo pegada a mi orej