El silencio que siguió a la respuesta de Xander al estudiante del pasillo fue ensordecedor, amplificado por el frenético martilleo de mi corazón contra las costillas. Estaba congelada, con la mano aún pegada a la boca, los ojos abiertos de par en par y brillando con un cóctel de terror y lujuria pura, sin diluir.
El estudiante no se marchó; podía oír el leve roce de la tela, el suspiro impaciente de alguien que espera en el pasillo, completamente ajeno a que en ese mismo instante me estaban uti