El señor Duncan se levantó con ella rodeándole la cintura con sus piernas. Entraron al cuarto y la puso en la cama, donde Rosalin no recuerda mucho, sólo que sentía su boca y sus manos. ¡Oh sus manos! Por todas partes. Cada movimiento que hacía le lanzaba una ola de placer. Llegó el momento de él colocarse sobre ella y en ese mismo instante, se congeló y no sabía cómo decírselo, pero él lo supo y se detuvo para mirarla con la respiración agitada y sus ojos marrones, vidriosos bañados de deseo.