—¡Por supuesto!
—Abuelo, hay algo que quiero discutir contigo en privado —Christian recordó de repente.
—Bien, ven conmigo —dijo el señor Rivera, indicándole a Germán que invitara a Leocadia y Clara a descansar en la sala de estar, mientras él llevaba a Christian a solas a la biblioteca en el primer piso.
Después de cerrar la puerta.
—Christian, no sé por qué estás aquí para hablar conmigo —preguntó el señor Rivera con cierta perplejidad.
—Así es, tengo algunas técnicas que quiero regalarle a la