—¡Creo que es hora de que los dos calculemos nuestras cuentas! —dijo Christian con una sonrisa fría, rompiendo el silencio. Fue él quien tomó la iniciativa para avanzar hacia Fernando paso a paso. Cada paso que daba parecía ser como un martillo de mil libras golpeando ferozmente el frágil corazón de Fernando.
—Christian, ¿qué tienes en mente? —Fernando palideció, su voz tembló involuntariamente y en su rostro ya no había rastro de la arrogancia y el orgullo de antaño.
—Ya lo he dicho antes, prim