50. Quiero que ardas
Amir
Ni siquiera lo pienso y tomo a Samira de la mano y la guío fuera del jardín sin siquiera despedirnos de nadie.
No es como si ellos no supieran qué es lo que vamos a hacer ahora mismo. La chiquilla viene callada y sonrojada a mi lado y cuando llegamos al pie de las escaleras la cojo por sorpresa cuando la tomo en brazos.
—¡Amir! ´¿Qué haces?—su rostro entre sorprendido y asustado me saca una sonrisa.
—Llevo a mi esposa a su noche de bodas, por supuesto—le digo.
Y así, con una sonrojada