POV Albert
—¡No me toques! —grité. Mi voz sonó más rota de lo que pretendía, una advertencia que nació muerta.
Porque mi cuerpo, maldita sea, mi cuerpo era un traidor. Cada fibra de mi piel parecía haberse rebelado contra mi voluntad, buscando desesperadamente el contacto que mis labios juraban rechazar.
Astra no se inmutó. Se subió a horcajadas sobre mí, y el peso de su cuerpo, tan firme y cálido, fue como una descarga eléctrica que me recorrió la columna.
Me dedicó una sonrisa que no tenía nad