—Con esto aprenderás a no jugar conmigo, Aslin. Y, por supuesto, a no comportarte como una zorra con cualquier hombre que entre en mi casa —me dijo Alexander mientras soltaba mis manos, me dio un beso en los labios y se levantó de encima de mí. Luego salió por la puerta, y escuché el clic al cerrarla con llave desde afuera.
—¡Aaaaaah! —grité de dolor al ver mis dedos rotos. Traté de incorporarme en la cama, y como pude, fui hacia la puerta. Intenté abrirla, pero no cedía. El maldito me había de