La señora Sun se agachó frente a Alex y lo estrechó entre sus brazos.
—Lo siento, cariño. Te fallé. Yo permití que entraran.
La voz se le quebró. Por primera vez desde que la conocía, parecía vulnerable.
Alex se puso de pie y le devolvió el abrazo.
—Mi otra habitación tiene las mismas cosas —dijo en voz baja—, pero no tiene mis cosas de deportes.
Después susurró:
—¿Podrías enseñarle a nuestro nuevo abuelo cómo instalarlas?
La señora Sun soltó una exclamación.
—¿Abuelo? ¿Ya consiguió que