Edmond.
—Hola, abuela, ¿cómo estás? Lamento mi larga ausencia, sé que no tengo perdón, pero estoy segura de que te han cuidado muy bien. Mira, te traje tus flores favoritas —muestra el ramo de rosas—. Las pondré en el jarrón para que sientas su perfume. No te imaginas todo lo que tengo que contarte…
—Será mejor que las dejemos solas por un momento —susurra Delphine—, puedo llevarlo a nuestro salón de espera, hay muchas abuelas que desearán deleitarse con un hombre tan apuesto.
Ella me guiña un