El fuerte olor a colonia del hombre asaltó su nariz como un tsunami.
Sylvia intentó apartarlo, pero él la agarró con ambos brazos. La abrazó tan fuerte que le apretó los brazos entre los pechos. No le quedaba espacio para forcejear.
La brisa fría seguía soplando y las hojas de los árboles y las plantas se movían.
Bajo la penumbra del ambiente, los dos permanecieron juntos y no se separaron durante un buen rato.
Más allá, detrás de un robusto árbol, una figura alta los vio a los dos.
Se