Cargó a Sylvia hasta la mesita de noche, donde había varios bocadillos y un aromático tazón de gacha.
Sylvia miró la comida sin expresión alguna en el rostro y dijo, “No tengo apetito”.
Tenía la garganta ronca.
Odell la agarró del hombro y enunció fríamente cada palabra, “Cómete la gacha de inmediato”.
La mirada de Sylvia era apagada y carente de espíritu. No parecía tener ganas de comer.
Odell le acarició la cara. “Sylvia, te estoy hablando. ¿Me oyes?”.
Sylvia frunció los labios y lo igno