En cada recuerdo.
En cada alegría.
En cada logro.
En cada fracaso.
¿Cómo se suponía que debía aprender a vivir sin ella?
La pregunta permaneció suspendida en el aire.
Y no encontró respuesta.
Porque simplemente no existía.
Alexander sintió una lágrima deslizarse por su mejilla.
Luego otra.