CAPÍTULO TREINTA Y UNO
PUNTO DE VISTA DE CLARA
Llegamos a la mansión horas después. En el instante en que cruzamos la entrada, aquel hombre peligroso rodeó mi cintura con su mano, atrapándome cómodamente contra su amplio pecho.
—¿Qué significa esto? —pregunté mientras mi corazón se aceleraba por su acción.
Su rostro se endureció mientras hacía varias señales con los dedos.
Una vez más, no entendía nada… hasta que giré el rostro.
Era la anciana en el balcón. Nos estaba observando.
—Cariño, eres