Con cien miembros inocentes de la manada en sus manos, no podía permitirse que ninguno muriera. "¿De verdad puedes ayudarme?", susurró.
Los labios de Walter se curvaron en una sonrisa, aunque tras ella se escondía un rastro de disgusto que Ella no notó. —Claro que puedo ayudar, pero no gratis —respondió.
La pequeña esperanza que había surgido en el corazón de Ella se desvaneció al instante. «No tengo nada que ofrecerte en este momento. Nuestro negocio está en bancarrota y la manada casi ha perd