Cap. 162: Peligrosos aliados.
Al día siguiente, el teléfono de la alcoba de Charlotte repicó con una estridencia que le taladró los oídos. La anciana, aún debilitada por el amago de infarto de la tarde anterior, estiró la mano con brusquedad y descolgó la bocina, con el ceño fruncido.
—Señora Pierce, tenemos un problema gravísimo —soltó la voz alterada del director del portal digital que había difundido la nota sobre Sarah—. Nos acaba de llegar una notificación de los tribunales. Nos están demandando por una suma millonaria