—Avery —dijo Gideon en voz baja, y a través de nuestro vínculo sentí las ondas de su dolor y frustración—, yo no sabía que eras mi compañera.
—Y eso lo cambia todo, ¿verdad? —le reclamé—. Quizá debiste haberme tratado como si fuera importante todo el tiempo, y así no estarías en este predicamento.
—¡Eras importante! —protestó Gideon—. Pero lo que sentía por ti… —se calló y apretó la boca en una línea firme.
—¡Ajá! ¡Así que sí sentías algo! —exclamé con aire de triunfo.
—¡Por supuesto que sí!