—¿Ariel? —La voz de la mujer sonaba amortiguada y distante, como si estuviera siendo filtrada a través de una gruesa capa de agua—. Ariel, ¿qué pasó?
La voz se hizo ligeramente más fuerte, pero seguía sonando como si viniera desde debajo de la superficie de un estanque estancado.
La voz destilaba preocupación, un amor que ella siempre había anhelado, y más lágrimas rodaron por sus ojos.
—¿Qué sucede? ¿Viste a tu loba? —La mujer sostuvo sus manos, apretándolas ocasionalmente, pero Ariel negó con