— Siempre que no la mates en público, puedes hacer lo que quieras con ella, Luisita. — Me respondió en tono bajo para que solo yo pudiera oírlo. Máximus sabía que no me irritaba fácilmente, al menos no si no me provocaban primero. — Luego, si quieres ajustar cuentas con ella de manera más definitiva, estaré esperándote en la sala de tortura, lindura.
— No quiero matar a la gente, Máximus, aunque hoy no me falten las ganas. — Le dije, ignorando su mirada bañada en sadismo hacia la chica desmaya